Ford envió cinco vehículos al volcán más alto del mundo. Estos fueron los resultados. | Motores a Pleno ® ::: 36º Aniversario / 26 años en internet :::

Jason DeVries, gerente de calibración de motores en Ford: Mi equipo de ingenieros realiza pruebas de verificación de motores en altura, y nuestras «oficinas» no se parecen en nada a las de la mayoría. Pasamos horas en una cámara climatizada en Dearborn, donde simulamos el aire liviano de un paso de montaña de 3.650 metros bajo distintas condiciones de temperatura. Para la validación final, el trabajo nos lleva a Summit County, Colorado, donde están las rutas asfaltadas más altas de Norteamérica, que llegan a casi 4.270 metros.

Estos parámetros no son arbitrarios: están definidos en base a los lugares donde nuestros clientes viven, trabajan y los que suelen recorrer. Buscamos garantizar que el motor arranque incluso en la mañana más fría de invierno. Nos asegura que, si estás remolcando una carga pesada por una subida, la camioneta pueda mantener la velocidad sin necesidad de bajar de marcha. Y validamos que, al momento de sobrepasar en una ruta de montaña de un solo carril a 3.350 metros, el motor entregue la potencia suficiente para hacerlo con seguridad.

Para lograr esa capacidad, diseñamos las pruebas mucho más allá del uso promedio. Apuntamos al cliente que va a llevar su vehículo al límite absoluto. Por eso, cuando nos enteramos de que un grupo de aventureros planeaba subir con sus vehículos al volcán activo más alto del mundo, en Chile, la propuesta nos resultó muy interesante.

El objetivo era conquistar un Récord Guinness: correr una maratón desde la cumbre del Ojos del Salado (a más de 6.700 metros) hasta el nivel del mar. La propuesta era utilizar los vehículos Ford para completar la mayor parte del ascenso. Pocos desafíos podían representar mejor lo que significa llevar los límites al extremo.

Rumbo a lo desconocido

De cara al evento, mi equipo y yo revisamos toda la información disponible para determinar si los vehículos podían responder a esa altitud. El análisis se armó en base a las capacidades ya conocidas de cada modelo.

Contábamos con dos Ranger Raptor, una Expedition Tremor, una Expedition SUV y una Everest que nos habían facilitado los equipos de Ford Argentina y Ford Chile.

Nuestro terreno «conocido» en las pruebas de Norteamérica llega hasta unos 4.270 metros. Sin embargo, tras revisar los datos de nuestros propios ensayos, además de la información recolectada en vehículos similares probados en la región del Tíbet, en China (que alcanza cerca de los 5.800 metros), nos sentimos confiados en que los vehículos podrían soportar esas condiciones. Los sistemas de control están diseñados justamente para proteger el hardware, y el análisis mostró que todos los componentes se mantendrían dentro de sus límites de diseño.

Para reforzar esa confianza, el equipo instaló un dipositivo de registro de datos en uno de los vehículos, y el equipo local en Chile recorrió la ruta previamente para relevar información en las condiciones reales de la maratón. Estos datos fueron clave para confirmar que los vehículos podían responder como se esperaba en el momento en que más los iban a necesitar los atletas.

Aun así, hay una diferencia entre estar «confiados» y estar «seguros». La ingeniería la conocíamos a fondo. Lo que no podíamos anticipar era el entorno: la intensidad del viento, la velocidad con la que podía cambiar el clima, o la dureza de las temperaturas en la noche. Los datos fueron una base sólida, pero después había que confiar en la ingeniería. Es como correr una maratón: se puede entrenar todo lo necesario, pero el resultado se define el día de la carrera. Y en este caso, si los vehículos no respondían, los corredores podían quedar varados sin forma inmediata de subir o bajar.

No sabíamos cómo se habían comportado los vehículos hasta que volvieron a tener señal y pudimos acceder a los datos registrados durante el ascenso. Cuando empezaron a llegar, la primera reacción fue de intriga y satisfacción: los sistemas funcionaron exactamente como esperábamos, incluso en un entorno miles de metros por encima de nuestro campo de pruebas oficial.

Las Expedition, las Ranger Raptor y la Everest arrancaron en frío en varias oportunidades, incluso tras haber pasado las noches en el campamento base a 4.330 metros. El equipo llevó la prueba todavía más lejos: poniendo en marcha los tres modelos en altitudes de entre 5.600 y 5.900 metros. Ningún motor necesitó insistencia para encender.

En cuanto a la conducción, el foco estaba puesto en la Ranger Raptor, que iba a utilizarse para intentar el mayor cambio de altitud logrado por un vehículo hasta el momento. La Ranger Raptor, con motor 3.0 EcoBoost, llegó a subir hasta los 5.900 metros a lo largo de tres días. La Expedition Tremor, de mayor porte y con motor 3.5 EcoBoost, alcanzó los 5.765 metros.

La Ranger Raptor subió hasta la altitud máxima para reconocer el recorrido de la carrera, superando pendientes de hasta 30% en terreno arenoso e irregular. A lo largo de todo el trayecto, la camioneta respondió a cada exigencia y se mantuvo dentro de los límites de diseño previstos.

Preparados para lo peor, listos para todo lo demás

Estos resultados no fueron producto del azar. Fueron la confirmación de un diseño y una ingeniería sólidos.

El protagonista fue el motor turbo EcoBoost y su sistema de control, que puede pensarse como los pulmones del motor. A medida que se gana altura, el aire pierde densidad y un motor convencional comienza a perder eficiencia. Por cada 300 metros de ascenso, un motor de aspiración natural pierde aproximadamente un 3% de su potencia. El turbo comprime el poco aire disponible y lo introduce en el motor, permitiéndole seguir generando potencia donde otro no podría.

Pero ahí aparece la paradoja: un motor turbo puede seguir generando presión de forma continua, incluso más allá de lo que el hardware es capaz de soportar de manera segura. Por eso, nuestra tarea es desarrollar un sistema de control que le permita al motor aprovechar toda su potencia sin comprometer su integridad.

Nuestro cliente promedio no utiliza su vehículo para escalar volcanes. Lo usa para ir al trabajo, transportar materiales o viajar con su familia. Pero la misma ingeniería que llevó a estos vehículos a casi 6.000 metros está presente también en esos recorridos cotidianos.

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